Ricard: la historia del joven artista que convirtió un aperitivo en un clásico francés
Descubre la historia de Ricard, el pastis creado en 1932 por Paul Ricard: una historia de arte, marketing, restricciones, merchandising y cultura popular.

Hay marcas que se explican por una receta. Otras, por un logotipo. Ricard se entiende mejor si se mira primero a su creador: Paul Ricard, un joven marsellés nacido en 1909 que soñaba con ser pintor.
Su padre, negociante de vinos, tenía una visión más práctica de la vida. Le aconsejó ganarse primero la vida y dejar el arte para más adelante. Paul Ricard aceptó ese camino, pero lo hizo a su manera. No fue pintor en el sentido clásico, pero aplicó su mirada artística a todo lo que rodearía a su marca: la etiqueta, los colores, los carteles, los objetos publicitarios y la forma de hacer que un producto pudiera reconocerse de inmediato.
Quizá ahí empieza de verdad la historia de Ricard. No solo en una mezcla de anís y plantas aromáticas, sino en una idea muy moderna para su época: una bebida también podía ser una imagen, un gesto y un universo propio.
Del vacío dejado por la absenta al nacimiento del pastis
Para entender Ricard hay que volver al inicio del siglo XX. La absenta, durante años muy popular en Francia, fue prohibida en 1915. Cargaba con una reputación oscura, asociada a los excesos y a supuestos efectos peligrosos. Su desaparición dejó un espacio libre para las bebidas anisadas.
Paul Ricard comprendió que ahí había una oportunidad. Experimentó, buscó el equilibrio adecuado y trabajó con anís, regaliz, hinojo y plantas aromáticas. En 1932 lanzó su producto con un eslogan directo: “Ricard, le vrai pastis de Marseille”, es decir, “Ricard, el verdadero pastis de Marsella”. Ricard sigue reivindicando oficialmente ese origen de 1932 y esa identidad como pastis de Marsella.
La palabra pastis también es importante. Remite a la idea de mezcla, con raíces provenzales e italianas. Era un nombre sencillo, popular y fácil de recordar. Paul Ricard no comercializó solo una bebida: ayudó a fijar una palabra, una categoría y casi una nueva forma de nombrar el aperitivo anisado.
La manera de servirlo también contribuyó a esa identidad. Al añadir agua, el líquido dorado se vuelve turbio, casi lechoso. Ese fenómeno se conoce como efecto louche, o efecto ouzo. Se explica por los aceites esenciales del anís, que dejan de estar completamente disueltos cuando baja la graduación alcohólica.
Pero para el consumidor no es solo una reacción química. Es una pequeña ceremonia. Ricard no se sirve simplemente: se prepara. Y ahí aparece, sin necesidad de repetirlo demasiado, el imaginario del sur de Francia: un vaso, agua fresca, una pausa antes de comer, una conversación que empieza despacio y esa sensación de que el tiempo baja un poco el ritmo.
Una marca que aprendió a seguir siendo visible
La historia posterior no fue lineal. Durante la Segunda Guerra Mundial, bajo el régimen de Vichy, el pastis fue prohibido. Para una empresa todavía joven, aquello pudo haber sido un golpe definitivo.
Paul Ricard, sin embargo, no se limitó a esperar. Diversos relatos biográficos hablan de su retiro en la Camarga, de sus experimentaciones y de la producción de un sustituto de combustible a partir de frutas, destinado a ayudar a la Resistencia francesa. Más allá de la anécdota, el episodio encaja con su carácter: una persona capaz de adaptarse, sortear obstáculos y convertir una limitación en terreno de acción.
Tras la guerra, Ricard recuperó su lugar. Pero más adelante apareció otro desafío: la publicidad de bebidas alcohólicas quedó cada vez más regulada. Y ahí la marca volvió a buscar caminos alternativos.
Uno de los más eficaces fue el merchandising. Ricard entendió que una marca podía estar presente en todas partes sin depender únicamente de los anuncios clásicos. Vasos, jarras, ceniceros, bandejas, parasoles, carteles y objetos de bar se convirtieron en soportes de memoria. Mucha gente no reconocía solo la botella: asociaba Ricard a su vaso, a sus colores y a esos objetos que durante años formaron parte del paisaje cotidiano de cafés y bares.
El propio sitio oficial de Ricard sigue destacando hoy sus objetos de colección, sus vasos y sus botellas coleccionables, lo que confirma que esa dimensión forma parte esencial de la identidad de la marca.
El otro gran ejemplo de esa estrategia de presencia fue el Circuit Paul Ricard, en Le Castellet. Creado por Paul Ricard e inaugurado el 19 de abril de 1970, se convirtió en uno de los circuitos más modernos de su época. Su nombre aparecía en periódicos, retransmisiones deportivas y conversaciones sobre Fórmula 1. No era publicidad convencional, pero mantenía vivo el nombre Ricard en el espacio público.
En 1975, Ricard y Pernod, durante años competidores en el mundo de las bebidas anisadas, se fusionaron para crear Pernod Ricard. Aun integrada en un gran grupo, Ricard conservó una identidad propia, muy ligada a su fundador, a su universo visual y a unos hábitos de consumo reconocibles.
Y esa fuerza sigue vigente. En 2025, según el ranking NielsenIQ publicado por RTL, la botella de Ricard de 1 litro apareció como el segundo producto más comprado en valor en la gran distribución francesa, por detrás de Cristaline.
Eso es lo que hace interesante la historia de Ricard: no habla solo de un aperitivo antiguo. Cuenta cómo una marca puede atravesar casi un siglo sin perder claridad, popularidad ni reconocimiento.
Paul Ricard quería ser artista. Quizá no pintó los cuadros que imaginaba en su juventud. Pero dejó una obra de otro tipo: una marca completa, instalada en la memoria colectiva.
Consumir con moderación.





